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Que esta Navidad nos encuentre más unidos y más vivos

Hay diciembres que se sienten repetidos, como si el calendario avanzara pero el ánimo colectivo se quedara congelado en la misma conversación de siempre, y hay otros en los que algo cambia en el aire, algo difícil de explicar pero imposible de ignorar; este diciembre tiene esa energía distinta, esa sensación de que no solo estamos cerrando un año, sino abriendo una etapa que durante mucho tiempo parecía improbable.


Un nuevo gobierno acaba de tomar posesión y, más allá de la preferencia política de cada uno, lo que se percibe en la calle es una especie de alivio colectivo, como cuando después de una tormenta fuerte finalmente se despeja el cielo y alguien abre las ventanas de la casa para que entre aire fresco; no se trata de negar el pasado ni de simplificarlo en blanco y negro, sino de reconocer que Bolivia necesitaba movimiento, necesitaba una conversación distinta, necesitaba dejar atrás la rigidez ideológica que durante años encorsetó el debate económico y social como si solo existiera una forma correcta de pensar.


La sensación de que el socialismo empieza a perder protagonismo en la estructura del poder no se vive como revancha, sino como posibilidad, como espacio para discutir crecimiento sin complejos, inversión sin sospechas automáticas, emprendimiento sin que se mire al empresario como si fuera culpable por definición; y esa posibilidad, aunque todavía frágil, tiene un efecto emocional enorme porque devuelve algo que se había erosionado lentamente: la expectativa de futuro.


En los cafés se habla con otro tono, en las empresas se vuelven a hacer planes a mediano plazo, en las familias se menciona la palabra “proyecto” con una mezcla de prudencia y entusiasmo que hacía tiempo no se escuchaba, y hasta el humor cambia porque cuando un país siente que puede avanzar, incluso las bromas suenan más ligeras; alguien dijo hace poco que Bolivia es como ese primo talentoso que siempre llega tarde pero cuando llega se roba la fiesta, y quizá este sea el momento en que estamos empezando a entrar al salón con otra actitud.


Por supuesto que no todo está resuelto ni mucho menos, nadie sensato cree que un cambio de mando elimina de un plumazo los desafíos económicos, las tensiones sociales o las distorsiones acumuladas, pero lo que sí cambia es el ánimo con el que se enfrentan esos desafíos, y el ánimo colectivo importa más de lo que solemos admitir porque condiciona decisiones, inversiones, conversaciones y hasta el coraje individual de intentar algo nuevo.


Diciembre tiene esa cualidad casi teatral de permitirnos cerrar ciclos con cierta indulgencia y abrir otros con optimismo, y este año esa simbología parece alinearse con un momento político que invita a pensar en un país más abierto, más productivo, más pragmático y menos atrapado en consignas; no se trata de reemplazar una fe ciega por otra, sino de recuperar el sentido común, esa virtud tan poco glamorosa pero tan necesaria que consiste en preguntar qué funciona, qué no funciona y qué debemos rediseñar con honestidad.


Si vamos a celebrar Navidad, celebremos también la posibilidad de reconstruir confianza, de entender que un país no prospera cuando se divide permanentemente en bandos irreconciliables, sino cuando encuentra mínimos compartidos sobre los cuales trabajar; el desarrollo no es de izquierda ni de derecha cuando se traduce en empleo digno, infraestructura que conecta, instituciones que funcionan y oportunidades reales para las nuevas generaciones.


Y en medio de todo esto, permitámonos reír, porque la política boliviana siempre ha tenido algo de tragicomedia y quizá ya es hora de que la comedia gane más espacio que la tragedia; si el año que viene alguien vuelve a prometer que ahora sí la economía despega como cohete, al menos tendremos el derecho de responder entre risas que esta vez esperamos que tenga combustible y plan de vuelo, pero la risa será distinta, menos cínica y más esperanzada.


Esta Navidad que nos encuentre unidos, no en uniformidad, sino en propósito; que las mesas estén llenas no solo de comida, sino de conversación honesta, que los abrazos sean largos porque reconocemos que sobrevivimos a años complejos y seguimos aquí, con ganas de construir, de invertir, de estudiar, de innovar, de trabajar sin miedo a que el éxito sea sospechoso.


Que el brindis no sea automático sino consciente, que al levantar la copa podamos decir que sí, que hay desafíos enormes por delante, pero también hay una energía renovada que empuja hacia adelante; y si alguien pregunta cómo se siente el país, podamos responder con una sonrisa que se siente despierto, que se siente con hambre de futuro, que se siente dispuesto a dejar atrás lo que no funcionó y a probar algo distinto con responsabilidad y madurez.


Que esta Navidad nos encuentre más unidos, más alegres y más vivos, con la convicción de que el próximo año no será perfecto, pero puede ser mejor, y que esa mejora no dependerá solo del gobierno de turno sino de todos nosotros, de nuestra capacidad de cooperar, de exigir, de crear y de creer que Bolivia merece un ciclo de crecimiento más libre, más coherente y más luminoso.


Feliz Navidad, con esperanza adulta, con risa franca y con la decisión colectiva de que el año que viene no solo lo esperaremos, lo construiremos.





 
 
 

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